A los catorce años mi primer amor salió por la ventana gritando: !Ya no te quiero más!. Salió flotando en mi cabeza con una figura femenina que tan poco conocía. Era una tortura casta que flotaba y flotaba. Pero nosotros no habíamos estado juntos más de dos veces. Y nos amabamos con la enciclopedia en mano.
Esa mañana, en la vereda, solo atinaba a mirar sus ojos inflamados, pero no podía dejar de imaginar nuestros cariños. Y tal vez por eso me insistía: ¡ya no te quiero más!. Aun así, volví a pintar el cielo en su pecho. Pero ahora se que aquello no era un pecho, era un corazón lo que abracé.
No quiero ni entiendo como arrepentirme de esa caricia en la espalda. Fue al final, cuando había dejado, por fin, de pensar en su enorme mirada y piernas, yo me contuve para no conmoverme y maduré hasta la noche profunda. Me dijo: “en serio no te quiero más…” fue bueno el amor y fueron buenas las mordidas.
Me alejé del edificio mirando el suelo. Susurraba su apellido, como si estuviera ahí, aun desnuda. Pero no estaba. No me importó mucho, al final, ya no podía aguantarla.