En el fondo de tus pupilas arde una rara normalidad,
Que incendia la locura de tu rostro,
Que permite la bondad de tu vestido,
Que sigue en su ofrenda de eternidad,
La belleza de tus piernas, de tus brazos,
La tristeza de tus manos descansadas.
¡Y te veo pensar en cada instante!
¡Que insensata la humildad de tu mirada!