Esta dulce rotura entre los dedos,
Sufre un vértigo y quizá
Toma el fin caminando vestida,
En un cauce crónico.
Habla prohibida, el tabúe del aula.
Cigarro de una sola pitada…
Esta dulce rotura entre los dedos,
Sufre un vértigo y quizá
Toma el fin caminando vestida,
En un cauce crónico.
Habla prohibida, el tabúe del aula.
I
Arrastro calaveras
Crónica de culebra
Monte azul de fiera.
Coraza misma angustia, tiembla arcada nominal
Recuerda fruta búsqueda
En sol imperativo.
Perdida anuda cría salvaje
Huye savia a camino
Ahorcado en palmo centáureo
Matinée dormida en ayuno
Sí, no cae babeando trapero augusto
Rojo el corzo veloz de mí normal.
Luz número candela
Gris petrifico anorma sola convicta
Vuelo persiana tupida
Campana tacha carga
Arrastra palo caro.
Vi saña mascara cambió
Araña raya cósmica vía
Sulfúrea asustada cornisa, aqueja nula espada
II
Vida para encima consumo
Causa convicta mil truenos
Media vida prisa en ruta temprana
Cárcamo serio concluido
Pitazo escudo recio
Fusil arriba abrigo
Lacera cuarto
Cama lucida tintera vigilia
Crespa pantalla.
Miedo corta pena, rige calumnia verso.
Con los ojos así, verticales,
Y una miradilla colérica,
Su propiedad privada nos rebusca,
Otra miradilla colérica.
¿Le has visto los pechos tan sencillos, a esa mujer tan espacial?
Bello todo lo que has tocado,
Aunque no has visto que tu traje rebota luz rojiza,
A mi piel.
Ahora que solo me intriga su bronceado.
Quisiera despintarla, descuartizando.
Eres mirada de música imperdible,
De ciencias naturales,
De timbre,
De renglón en el reloj,
Y brazo torcido al más allá.
Eres tantas cosas en un patio inmenso,
Tal vez un olor que desaparece,
A agua,
A cielo.
Muchas cosas contradicen tu volar,
Mi solución de tiempo y espacio,
El fundamental correr de la materia,
Y sus saltos inevitables.
Pero eres corazón de amor que no es nada,
Eres sensación de hipocondríaco.
En el fondo de tus pupilas arde una rara normalidad,
Que incendia la locura de tu rostro,
Que permite la bondad de tu vestido,
Que sigue en su ofrenda de eternidad,
La belleza de tus piernas, de tus brazos,
La tristeza de tus manos descansadas.
¡Y te veo pensar en cada instante!
¡Que insensata la humildad de tu mirada!